domingo, 18 de agosto de 2013

La fenomenología de Edmund Husserl: La conciencia

La conciencia

Fenomenológicamente no es posible concebir la conciencia como estructura interna del sujeto que espera ser afectada por los objetos. Toda aprehensión que la conciencia tenga del objeto constituye ya una actividad de ésta, así sea de manera pasiva la conciencia pre-constituye objetos.

Desde esta perspectiva, la conciencia es el punto de partida de la actividad humana, ya que es indubitable y necesaria puesto que resulta evidente para sí misma, como una evidencia apodíctica. Por tanto la conciencia es incuestionable por cuanto permanece o se hace presente en toda experiencia que realice el sujeto. Toda actividad de la conciencia no puede ser cuestionada, pero lo que no puede garantizar la conciencia es la certidumbre de lo que está conociendo, ya que la cosa es variable y no tiene garantizada su existencia, por tal motivo, el sujeto impone o constituye su propia realidad indubitable a lo contingente de las cosas del mundo. Con otras palabras, lo inmanente de la conciencia penetra lo trascendente del mundo y lo realiza.

Husserl define la conciencia como un conjunto de actos que se conocen con el nombre de vivencias. Esta conciencia tiene la peculiaridad de eliminar toda referencia a una existencia real de las cosas, es decir la conciencia no percibe objetos reales sino que aprehende objetos, que se denominan fenómenos. «El fenómeno de la cosa (la vivencia) no es la cosa aparente, la cosa que se halla frente a nosotros supuestamente en su propio ser. Como pertenecientes a la conexión de la conciencia, vivimos los fenómenos; como pertenecientes al mundo fenoménico, se nos ofrecen aparentes las cosas. Los fenómenos mismos no aparecen; son vividos.»

Esto implica varias cosas; primero que la conciencia deja de ser esa especie de receptáculo que espera ser afectada por los objetos. Esto quiere decir, que la conciencia cobra un dinamismo que la lleva a constituir el mismo mundo, es decir, la conciencia fenomenológica es netamente constitutiva, es una conciencia que a través de sus vivencias va aprehendiendo objetos, de modo que en el acto de aparecer, o sea, en la vivencia misma, se viven una serie de sensaciones que a su vez son aprehendidas por la conciencia. Es así como la conciencia hace aparecer el objeto, y lo vive. Otro aspecto importante y complementario al anterior es que la conciencia no es un acto psíquico, ni se compone de contenidos reales, ella se compone de múltiples representaciones que se dan en los actos de percibir, juzgar, imaginar, recordar, entre otros. «Nada puede ser juzgado, nada tampoco apetecido, nada esperado ni temido si no es representado»

Lo que plantea que la conciencia mantiene una correlación con el mundo, pues si existe el acto de percibir es porque existe el objeto percibido, al acto de juzgar le corresponde el juicio requerido. Esta referencia de la conciencia al mundo se conoce como «intención». De modo que de ahora en adelante vamos a hablar de la conciencia como conciencia intencional.La intencionalidad es la característica más importante de la conciencia fenomenológica. Las vivencias intencionales se dan de diversas modos, así «El modo como una mera representación de una situación objetiva mienta éste su objeto es distinto del modo cómo lo hace el juicio, que considera verdadera o falsa dicha situación.»

En todo caso, en la vivencia intencional no importa el modo como se dé (intuida, juzgada, imaginada, recordada) existe una tendencia hacia el objeto, es decir, que en la vivencia intencional, la conciencia «constituye plena y exclusivamente el representar este objeto, o el juzgar sobre él». Pero es de tener en cuenta que esta referencia objetiva no existe en todos los casos. Con la representación del "dios Júpiter", el sujeto posee una vivencia representativa de él que se verifica en la representación de dicho dios. Este objeto representado no posee un contenido real, como tampoco mental en la vivencia, pero sin embargo existe el representarse el dios Júpiter. Esto significa que el objeto al que se dirige la conciencia es un objeto intencional, en tal sentido no importa que sea representado, intuido o fingido. Por ejemplo, puedo representarme un objeto real como «el palacio de Berlín», «juzgar este palacio», complacerme con su belleza arquitectónica, o «abrigar el deseo de poder hacerlo». Estas vivencias del palacio de Berlín «tienen de común el ser modos de intención objetiva, los cuales no podemos expresar normalmente de otra manera que diciendo que el palacio es percibido, fantaseado, representado en una imagen, que es juzgado, o que es objeto de aquella complacencia, de aquel deseo, etc.»

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